Primera parte del testimonio de una paciente

Euskadi 240Llegué a la consulta de Meritxell desesperada, ya que creía me hallaba sumida en una depresión posparto, o peor, en la locura. No conseguía dormir más de una hora al día, estaba en tensión permanente, no me sentía con fuerzas de estar a solas con mi bebé, tenía la tensión disparada. Ya me estaban medicando con ansiolíticos y a causa de ello, tuve que suspender la lactancia materna, por lo que aún me sentía peor, mala madre, cobarde… que a la mínima tiré la toalla. Recuerdo que no era capaz de hacer las tareas diarias, todo requería de un esfuerzo sobrehumano. Me pasaba el día llorando, no podía parar. Me sentía inmersa en un oscuro túnel, sin salida, sin aire, en la desolación más absoluta.

¿Cómo después de un embarazo deseado y bastante plácido me sentía así? ¿Tener un hijo no era lo que más deseaba? Porqué entonces no era capaz de conectar con él, lo sentía como un intruso y ya no podía cuidar ni de mi misma? ¿Cómo después de un parto invasivo, pero que había llegado a buen puerto y a dos días de subidón, de euforia, de felicidad por tener a mi bebé de repente había cambiado todo a peor? Los pensamientos repetitivos se sucedían: tienes una depresión profunda, no saldrás de ésta, acabarás loca e internada, tu marido te dejará, esta situación no puede mejorar. El sentimiento era de desesperación absoluta. Había tenido períodos bajos y oscuros en mi vida, un runrún de insatisfacción continuo, que alguna vez se había desbordado, pero nada en comparación con esto. Incluso llegué a pensar que si mi hijo desaparecía, se acabarían mis problemas. No hasta el punto de quererle hacer daño u algo parecido, pero  le achacaba a él el origen de mis problemas. Él era el causante de todo mi malestar. Gracias al apoyo de mi marido y de mis padres, pude desentenderme algo de cuidar de mi bebé, no tenía la presión de hacerlo sola. Durante los dos primeros meses, nunca estuve sola con él todo el día, necesitaba que me ayudaran.

Al principio con Meritxell tratamos estos temas, pero luego fuimos ahondando con la terapia en mi pasado y en todas las cosas irresueltas de mi vida que eran muchas. Al empezar a entender mis actitudes, comportamientos, comprendí que la maternidad había actuado como catalizador impulsando todos mis miedos hacia el exterior de una manera brutal. Me había despojado del adormecimiento que imperaba en mi vida hasta ese momento, en el que seguía comportándome como una niña, asumiendo roles infantiles de no enfrentarse con las cosas, no madurar, en las relaciones con mi madre, etc. Y me había dejado completamente desnuda, sólo ante mi verdadero yo y después de tantos años ocultándolo, no me reconocía. Por eso, no pude soportarlo y el estrés me invadió (continuará…).

Laia A. Noviembre de 2014

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